Permafrost para cerrar una década

El libro de Eva Baltasar no es apto para todos los públicos. De hecho diría que durante su lectura solo identifiqué un público perfecto para ese texto: yo. Permafrost parece un libro escrito para mí y para gente que ha vivido una década (o vida) parecida a la mía.

A pesar de lo que muestre, a mí me da mucho miedo romper esa capa de hielo perfecto que se ha creado por desuso sobre mí. 2010-20 ha sido una década de salir de la zona de confort, lo decía en todas partes porque la economía universal necesitaba autónomos de los que mamar, negocios con los que llenarse la boca, gente fuera del paro que despejase los números. Yo me impuse salir de mi zona de confort y lo hice, pero no toda yo, por supuesto. Os explico: en redes sociales se muestra una parte de nosotros, la gente lo llama egolatría, yo lo llamo a secas ego. Todo el mundo necesita sentir que puede llegar a ser eso a lo que aspira, aunque sea en fotos retocadas. A medida que parecemos más felices nos sentimos más alejados de esa realidad que ofrecemos como nuestra. Esa parte de nosotros que queda en la superficie del resto de memorias es la que yo sacrifiqué por un bien mayor. La protagonista de Permafrost también sacrifica su bienestar, su zona de confort, de una forma forzada (quién realmente no) para hacer lo que se tiene que hacer.

La protagonista de Permafrost y yo nos marchamos al extranjero a buscar trabajo. Ambas tenemos una entrevista en una sitio en el que sospechamos que algo puede salir mal. Recuerdo la preocupación de mi madre al despedirse sabiendo que me iba a un polígono de Milán a hacer una entrevista con una empresa que según nuestras cabezas de clase humilde no podía haberse fijado en mí. Pero tienes miedo, no sé si salir de tu zona de confort es irte a un sitio sin garantías de supervivencia, yo lo llamo sobrevivir, 2010-20 ha sido una década también cargada de eufemismos para la mierda.

Luego ella vive experiencias, explora su sexualidad, entiende su incapacidad de atarse, fue para mí 2015 aproximadamente cuando comprendí que no era monógama, que posiblemente tampoco heterosexual. Mi permafrost fue aprender de todo lo que tenía ya consolidado, y darme cuenta de que aquello con lo que ya convivía no era nada malo. Conocí a gente, empecé a no temer a enamorarme sabiendo que el compromiso tenía otra definición. Me hicieron daño, sobreviví, me hicieron aún más daño y casi muero. La noche en la que crucé pensamientos con su protagonista la recuerdo perfectamente. Fue la misma en la que empecé a mirar en otra dirección, mandar a la mierda a varias toxicidades, asumí que a la última ciudad a la que había llegado con esperanzas de componerme, se había convertido en una trampa de aún más autodestrucción. A veces una se pierde, y no pasa nada porque realmente no hay un rumbo correcto para nada en la vida.

En el final de la novela y de mi década hay un causa-efecto inverso. Ella tiene una situación familiar que la hace cambiar. Yo decidí cambiar y aceptar que lo que entonces eran mis miedos era realmente el yo que al principio de la década había enterrado un poquito para sacarle partido al más eufórico, atrevido y extrovertido. Y ya con esto aceptado, vinieron mis situaciones familiares, las cuales no podría haber aceptado de forma distinta a la que estaba aprendiendo a tener. Jamás había llorado tanto y tan seguido como cuando mi madre me llamó para decirme que Noire había muerto. Jamás había sentido tanto sentido y urgencia como cuando mi madre me llamó diciéndome que mi hermana había tenido un accidente. Que estaba consciente. Pero que estaba en el hospital. Que no me asustase. Que estaba bien. Y que no la creí. Hasta que vi a mi hermana. Y la abracé. Y comprobé que estaba entera, que estaba bien. Y pasamos las peores semanas (¿o días?) de mi vida en los que también comprendí que algo de lo que había estado huyendo había cambiado, y quería estar cerca. Y 2019 no cierra sin mis abuelos en el hospital. Sintiendo por primera vez en una vida a mi familia más cerca que nunca.

Así que cierro mi permafrost en Madrid, día 31 de diciembre, despertándome con mi chico abrazado a un lado, una de mis gatas con su cabeza apoyada en mi brazo libre, la otra en el hueco que tensa la sábana entre nuestros cuerpos, con un paradigma distinto de éxito, de amor, de distancia, de familia, de amistad, de salud de cuando lo empecé. Espero que vosotros también hayáis cambiado.

Feliz fin de año.

 

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