La literatura de mujeres es literatura universal

Si un hombre crea un personaje varón, esa historia es universal. Sin embargo, si nuestra historia la protagoniza una mujer es una historia intimista, una historia de mujeres.

A raíz de leer el artículo de El país, ¿Hay una literatura de mujer? donde expone cuatro preguntas y cinco ideas claves de la literatura escrita por mujeres me he visto en la necesidad de complementar a la escritora, periodista y analista Berna. En el artículo se habla de los prejuicios entre la literatura creada por hombres donde, por pura empatía, los personajes son masculinos y hablan de unos problemas masculinos que se extrapolan a problemas universales, porque el problema del hombre es el problema del mundo. Mientras que cuando se usa un personaje femenino, los problemas son intimistas, son desquiciados y, por lo tanto, menos universales, porque las mujeres solo somos mujeres. Hay situaciones en el que las mujeres usan como protagonistas a hombres, a mí me pasaba en mis primeros escritos. Esto no es menos falta de empatía a nuestro género, o querer acentuar esta diferencia entre intimismo y universalidad. Es el mero resultado de haber estado consumiendo literatura en un mundo en el que los hombres con sus personajes masculinos (es normal escribir en el género en el que se es a no ser que además de literatura estés haciendo política, pero eso es otro tema) tenían la hegemonía editorial. Esto pasa también en el resto de empresas dominadas por referentes masculinos. Si no quieres ser la distinta te camuflas (en el mundo editorial significa: creas un hombre como protagonista), y si quieres ser distinta, tendrás más complicado que lo que quieras conseguir sea equiparable a lo que hace tu compañero varón.

Un hombre solo puede contemplar la mitad de un total, una mujer puede contemplarlo todo.

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Hace poco la editorial Caballo de Troya publicó Game Boy, un libro escrito por Victor Parkas hablando sobre los privilegios masculinos, unos privilegios que el hombre puede ver a duras penas y que se reconocen muy difícilmente. Llegar a reconocer estos privilegios es un trabajo muy arduo, pero además tener la empatía y humildad suficiente de ver que es imposible que las mujeres lo consigan es la segunda parte de esa tarea tan compleja. Un hombre no se plantea cuáles son los impedimentos de una mujer para poder tener esos privilegios cuando los quiere. No se plantea que después de tantos miles de años de historia en el que el mundo ha estado dividido en dos tipos de personas, las de verdad (los hombres) y las que ayudan (la mujer), el imaginario social y la conciencia compartida genera un obstáculo en el autoestima femenino para poder optar a algo que no es un privilegio sino más bien un derecho. Un hombre cuando tiene una opinión la dice, puede que se la aguante si no está seguro, pero termina exponiéndola porque no ha visto de ningún igual la prudencia, la duda o el miedo a meter la pata. Una mujer, aún a pesar de saber que lo que opina es correcto, tiene una dificultad aprehendida a la hora de exponer su teoría. Este impedimento de conciencia y evolución social, de siglos de ninguneo es complicado de comprender por la conciencia compartida masculina y no es culpa del hombre de manera individual, es culpa de una evolución social basada en la supremacía masculina.

A una mujer le puede costar crear un imaginario basado en el rol masculino, porque su conciencia está plagada de disculpas, vergüenza y autoestima mínimo social y público. Pero ha visto y ha sentido desprecio y humillaciones que, aunque se hayan efectuado de manera inconscientes han señalado las diferencias. Por otro lado, el estado masculino de frialdad, liderazgo y concentración emocional es pura fachada. El mismo patriarcado social que indica que la mujer es una histérica y descontrolada emocional, también le impone al hombre unas bridas con las que atar sus emociones. La frustración que sufren muchos hombres y que no saben cómo gestionar, se ha gestionado de alguna forma por mujeres que hemos vivido con el estigma que nos pertoca en nuestro reparto de básicos de roles de género. Una mujer sabe cuáles son los privilegios de un hombre porque sueña con ellos, sueña con que no sean privilegios y sean básicos. Un hombre difícilmente se da cuenta de cuáles son y narrará desde ellos como si fuese una básica de estilo de vida. Un hombre narrando a una mujer, la narrará desde el prejuicio de lo que piensa que una mujer es, incluso en ocasiones la narrará pensando que esos privilegios que no asume como tales, también los puede tener. Si cuenta una historia de género, tendrá que embaucarse en una buena investigación para poder saber cuáles son los sentimientos que despierta una lucha hacia unos privilegios que no reconoce como tal o que puede que los reconozca pero que difícilmente sabrá cómo afectan al mundo femenino. Una mujer puede narrar desde la ausencia de privilegios, desde la identificación de estos como tales y desde la lucha por conseguirlos. Puede hablar desde la desigualdad y sentir una empatía a aquellas que no pueden lograrlo.

mujeres en una guerra con pistolas y luchando por sus derechos a decidir

La empatía femenina no es un superpoder

Es una desigualdad perpetuada a través de los siglos y de filósofías que nos decían que no servíamos ni para generar más vida porque sin el esperma varón jamás podríamos crear nada. La empatía es eso que se ha desarrollado a través de años de despertar y de asimilación, de paciencia y de lucha. Y, por desgracia, es algo a lo que los hombres solo pueden acceder a través de escuchar, dejar hablar y leer a mujeres: cosa que por su praxis social, no se tiene predisposición a hacer.

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